Es mucho más grave corromper la fe, por la cual el alma vive, que falsificar dinero, por medio del cual se conserva la vida temporal. De donde, si los falsificadores, u otros malechores, son sin demora, y justamente condenados a muerte por los principes seculares, con mucho mayor razón los herejes, tan luego convencidos de la herejía, pueden no sólo ser excomulgados, sino, con justicia muertos.
De parte de la Iglesia hay misericordia para la conversión de los que yerran. Es por eso que ella no condena inmediatamente, sino sólo después de una primera y segunda corrección, como enseña el apóstol (Tit. 3, 10). Después, todavía si el hereje aún se muestra pertinaz, la Iglesia, ya no teniendo esperanza de su conversión, previene la salvación de los otros separándolo de la Iglesia por sentencia de excomunión, y enseguida lo entrega al juez secular para ser muerto.
Suma Teológica (IIa. IIae.,q. 11, a. 3, c)




Es la verdad.
Es totalmente lógico.
Una verdad olvidada, gracias a los defensores de los “derechos humanos”…
Así es, el hombre puso los derechos del hombre en el lugar de los derechos de Dios y de su Iglesia. E hicieron eco de esa idea errada, naturalmente, los obispos modernos, esparciendo esa pérfida idea entre los fieles.